la magdalena de Proust

Les voy a confesar una cosa: una de las experiencias más intensas que puedo experimentar hace que se me erice el vello, que un ligero escalofrío recorra mi nuca, que perciba cómo mis lacrimales humedecen mis ojos para darles un brillo entre nostálgico y feliz, que note una ligera sacudida en el estómago similar a una sensación de vacío y como un leve hormigueo se expanda por todo mi cuerpo acabando en las yemas de los dedos, que repare en cómo el aire entra en mis pulmones atravesando mi ser y que un millón de sentimientos se concentren en un solo acto aparentemente nimio: abrir una puerta.

Una puerta en concreto, claro, no se vayan a pensar que estoy tan tarado: la puerta de la casa de Ledesma.

Seguramente alguno de ustedes estará pensando que hay profesionales de la salud mental que podrían serme de gran ayuda, y aunque no descarto que tengan razón, les contaré que todo tiene una explicación.

luz10.com | © pedro ivan ramos martin | fotografía

No todas las puertas son iguales

Verán, esta misma confesión, de manera menos rimbombante y con unas cervezas de por medio, se la hice a un escogidísimo grupo de almas afines -las habituales- y, como quien no quiere la cosa, mientras sostenía su copa con cierto desaire el más aalto de nosotros espetó: ─ Eso es la magdalena de Proust.

Le miramos con cara de pez -en particular yo puse mi mejor cara de lubina- y le pedí al gran Grabiel que se explicase. Y aquello me pareció mágico.

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descendamos al recuerdo proustiano

Verán, Proust era un señor que juntaba letras y palabras y frases con gran acierto y enorme habilidad. De hecho y a lo largo de más de tres mil páginas divididas en siete tomos escribió su novela En Busca del Tiempo Perdido. En uno de sus pasajes más recordado contaba cómo el olor de una magdalena sumergida en te le llevaba a evocar de forma nítida la casa de su tía y los veranos que allí pasó en su infancia. Yo no tenía ni la más remota idea de esto del recuerdo proustiano, pero siempre me había fascinado el poder del olfato como motor de recuerdos que en ocasiones ni siquiera sabía que seguían ahí.

En mi caso casi todos estos olores están relacionados con mi infancia o con algún hecho muy notable en mi existencia. Supongo que tengo cierta fijación por el tema del paso del tiempo, del recuerdo, del agobio incesante que es el darse cuenta de que la vida se nos escapa de las manos cada vez más rápido, del no saber qué hacer para preservar todo lo vivido… posiblemente acabé estudiando arquitectura porque de pequeño jugaba sin parar con el Tente y haciendo fotografías por estas neuras que les cuento, pero supongo que esos son otros temas.

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El olfato es un sentido más evocador que la vista

De una forma similar a este recuerdo proustiano, algo que me ha fascinado desde siempre es el concepto de la ruina, de su fuerza evocadora y su potencia estética. Piensen que, normalmente y salvo honrosas excepciones, una ruina no fue tal en un tiempo pasado: tuvo vida, puede que incluso esplendor, hasta que de alguna manera y por algún motivo, se apagó.

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La ruina

Esto sucede en el pueblo salmantino de La Sagrada, a pocos kilómetros de Ledesma en la misma línea que separa las provincias de Salamanca y Zamora por la carretera de Peñausende.

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La Sagrada. Lugar vacío.

Hoy en día el pueblo está completamente deshabitado y todas sus edificaciones en ruinas. Apenas un cobertizo mantiene la cubierta y las zarzas y abrojos se han adueñado de casi todo. Salvo ese cobertizo, lo único que se mantiene como un lugar techado, y no se sabe por cuanto tiempo, pero parece que no mucho; es la iglesia.

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La Iglesia de momento aguanta, pero no por mucho tiempo.

Las calles mantienen su claro trazado y los restos de las edificaciones hablan de un lugar que debió tener cierta prosperidad: buenas construcciones de sillares de granito, casas altas y grandes corrales en lugar de construcciones de tapial y adobe con escasa altura que abundan en multitud de pueblos de la cercana y tremendamente pobre comarca de Sayago.

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Las calles por las que ya nadie pasea

Es imposible no pasear por esas calles y tratar de imaginar ese pueblo hace unas décadas con gente, actividad, vecinos charlando a la puerta de las casas, niños corriendo en dirección a las eras, pastores con el ganado de vuelta al establo, labradores que araban las tierras o daban buen uso de los trillos.

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Nadie habla en La Sagrada porque nadie queda

Imagino que había un panadero que cocía pan y a los zagales dando buena cuenta de unos colines recién hechos o una venta de leche con cántaros llenos de los que sacaban mantequilla y harían buenos quesos.

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Sólo quedan los sillares

Imagino ese pueblo oliendo a leña quemada en los fríos inviernos y sacando a la virgen en alguna procesión un día señalado.

Imagino la época de la matanza del cerdo e imagino tinajas de barro cocido conservando los chorizos y embutidos varios durante todo el año.

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Hoy ya no hay nada

Imagino, claro, una escuela con pupitres y bancos de madera. Y a los niños jugando a juegos ya olvidados.

Imagino los bautizos. Y las bodas. También las campanas tocando a muerto, es ley de vida.

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Ya no suenan las campanas

Imagino preciosos atardeceres de verano en el Campo Charro y noches cuajadas de estrellas.

Imagino también chupiteles, que es una palabra que no existe para llamar a los carámbanos y decir que hace un frío del carajo. También las charcas y los regatos helados.

Imagino el croar de las ranas y a las chicharras cantando en Julio. Y a los niños cazando grillos. Y a los mayores liando cigarrillos.

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Ya nadie mira por las ventanas

Hoy no queda nada.

Sólo sillares, unos sobre otros y cubiertas hundidas. Quizás por no quedar no quede ni el recuerdo y sólo pueda imaginarse un pasado incierto. Un pasado en el que por algún motivo el pueblo se fue quedando vacío, en silencio hasta que el último de sus habitantes también lo dejó.

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En algún momento se fue el último de todos ellos

Me aterra pensar que un día el olor de la casa de Ledesma se vaya y con él mis recuerdos de niñez.

Pero eso no pasará.

Porque para algo lo fotografío casi todo.

Y, a veces, se lo cuento aquí.

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El sentido del olfato es endiabladamente particular, involuntario  y está directamente conectado con el sistema límbico. Un sentido maravilloso para el nostálgico.

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Ledesma también me huele a romero y a encina. Me huele a frío en invierno, ese frío que se respira y se clava en los pulmones. Me huele a río y me huele, en general, a recuerdos felices.

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Como siempre, un texto y fotos de su más fiel y seguro servidor, ©pedro ivan ramos martín. Pueden compartirlo e, incluso, viajar en el tiempo, pero si usan las fotos, citen su procedencia.

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Bonus track

 

 

 

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