diario de un perro verde (v)

Viajar es el mejor alimento para el espíritu. Al menos para mi espíritu. Estar en esa permanente tensión ante lo que puede pasar, permanecer fuera del cálido confort de lo que damos por seguro. Descubrir nuevas y fascinantes -o no- maneras de entender el mundo y la vida. Conocer lo desconocido, descubrir la diversidad. Poder estar perdido y saborear el placer de reencontrarme.

¿Se puede viajar estando encerrado?

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diario de un perro verde (iv)

Uno de los mayores dramas a los que se puede enfrentar una persona oriunda del rincón de la Tierra donde se habla el castellano más correcto – Salamanca- es acabar con sus huesos en Valladolid y rodearse de leístas.
No me malinterpreten, pesar de su permanente desencuentro con el complemento de objeto directo algunos son buena gente, pero cuando un padre oye a su hijo decir «traemele» el drama pasa a ser tragedia griega.

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Diario de un perro verde (i)

Las risas, poco a poco, se fueron transformando en incertidumbre a medida que se extendía de manera implacable. Nos creíamos mejores y a salvo en nuestras confortables vidas. Unas vidas que ahora sabemos frágiles y delicadas como un diente de león que hace frente a una breve brisa primaveral.

Ha llegado. Está aquí y todo lo que creíamos seguro ya no lo es. Probablemente no lo volverá a ser.

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