La casa de los abuelos i

No es fácil encontrar sitios en los que apenas haya malos recuerdos. O, directamente, que no los haya. Las casas de los abuelos suelen ser uno de esos extraños y acogedores lugares.

La casa de mis abuelos era la casa donde se comían los mejores filetes empanados que ha cocinado jamás el ser humano y unas sencillísimas y maravillosas patatas con arroz que hacía mi abuela. También era la casa donde volvía a mis orígenes cuando vivíamos en La Coruña y me reencontraba con mi familia cuando bajábamos del Norte Galaico. Era la casa donde siempre disfrutaba y donde solo dos veces he estado triste. Era un espléndido séptimo piso en la Avenida de Mirat de Salamanca y mis abuelos estaban tremendamente orgullosos de su casa.

© pedro ivan ramos martin | www.luz10.com

Los buzones como palimpsesto

Poco antes de fallecer, mi abuelo le explicó con pelos y señales todos los secretos del inmueble a Carolina y cómo (en los buenos tiempos) se la querían comprar por una cantidad disparatada de dinero, cosa a la que ellos siempre se negaron. Claro, era su casa. Y era magnífica.

Muchos años antes, cuando yo era pequeño, corría con mi primo Lolo por el interminable pasillo, desde el hall a la cocina y viceversa. Nos deslizábamos por aquel parqué de roble de pequeñas tablillas en mosaico  y cuando nos cansábamos veíamos un rato la tele y otro rato los cuadros que presidían aquella sala: bellas mujeres correteando con firmes pechos al aire. Como para no verlos.

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Lo importante no era la tele

Antes de que nosotros corriésemos por los pasillos, cuando nuestros padres eran jóvenes y se paseaban en un impensable equilibrio por la barandilla de la terraza -recuerden, un séptimo de los de antes- mi abuela regentaba una pensión con mano de hierro. Mi abuela era una de las personas más formidables que he conocido y posiblemente tardé demasiado en darme cuenta de lo que mi padre y ella se parecían. Creo que en muchos aspectos yo también me parezco a ellos y qué quieren que les diga, eso posiblemente sea a lo mejor que puedo aspirar en esta vida.

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Si este gresite hablara…

Pero no nos desviemos. La casa de mis abuelos tenía dos puertas: la principal, a la que se accedía desde el portal de la Avda de Mirat, y la de atrás a la que se accedía por Bernardo Martín Pérez.

La puerta principal, como no podía ser de otra manera, era muy señorial. Cuando era niño en el portal estaba Doña Pilar metida en un pequeño cubículo subiendo un tramo de escaleras de mármol. Doña Pilar era la portera que vaticinó mi prematura muerte apenas unos días después de nacer -afortunadamente, erró-. Había un ascensor encerrado en una jaula de acero negro, de cuando los ascensores eran bonitos y se veían subir y bajar y hacían ruido y era presuntamente muy peligroso  y nunca pasaba nada a pesar de todo. Olía siempre muy bien en aquel portal.

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Siempre me gustaron las escaleras de esa casa

Pero ustedes ya estarán acostumbrados: siempre fui rarito y a mi me gustaba más la de atrás. El portal era largo y oscuro. Al principio había un zapatero en un pequeño puestecito allí incrustado, dentro del propio portal. Le recuerdo muy delgado, pero quizás en realidad no le recuerdo en absoluto. Como en el sótano estaban la carbonera y las calderas, a las que se bajaba desde una pequeña puerta frente a la del ascensor siempre hacía calor, cosa que en la gélida Salamanca de los 80 no era baladí. Había una especie de tronera por donde se echaba el carbón y creo recordar haber estado alguna vez viendo cómo ardía en aquellas enormes calderas. El ascensor era un lentísimo y pequeño montacargas y las escaleras tenían esas zancas curvas que siempre me han parecido de una plasticidad pasmosa con peldaños realizados en un microterrazo gris muy a la manera de la época.

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No les miento, ahí había un zapatero (remendón)

Al llamar a la puerta principal se oía un distinguido dingdong y, tras una breve espera, pues normalmente tenían que venir desde la otra punta de la casa, un ruido de llaves abría varias cerraduras. Detrás de la puerta estaban mis abuelos, en el hall. Allí había un enorme arcón en madera maciza labrada en el que mi abuela guardaba con mimo los trajes de charra. Sobre él un Don Quijote espada en mano, un Sancho Panza, un almirez -o dos, o tres- y mil recuerdos de mi niñez. También había un elegante bargueño sobre el que estaban colocadas fotos de mi tío y mi padre ataviados de orla, una de mi primo, una de servidor de ustedes vestido de charro con terrible fiebre… Junto a ese bargueño se retrataron mi madre y mi hermana vestidas de charra y minicharra respectivamente. Y además había un gran espejo y un ángel y otro espejo, más pequeño y poligonal, y un pequeño aparador y dos puertas: una daba al comedor en el que jamás se comía y la otra al largo pasillo.

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El hall

Por la puerta de atrás se accedía directamente a la cocina. Sin duda era la puerta más usada y su timbre era un anodino ring, que nada tenía que ver con la elegancia y el boato.

La cocina era grande y estaba presidida por una enorme mesa de madera oscura, que era donde comíamos en las reuniones familiares. También había una mesa más pequeña, una camilla, junto a la puerta de la galería. Una viga descolgaba del techo porque las vigas de aquel edificio eran de dimensiones ciclópeas. Mi abuelo decía con razón que aquella casa estaba hecha a machamartillo . Había un armario donde se guardaban los cacharros y una puerta daba a la despensa. En la despensa se veía la altura real y el forjado con bovedillas a la catalana y viguetas. Un pequeño ventanuco daba a un diminuto patio de luces.

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La cocina, el armario, la despensa… y la gran mesa

El largo pasillo distribuía habitaciones a ambos lados, siendo más pequeñas las que daban a la galería del patio interior y más amplias las que daban a la Avenida de Mirat. Había dos cuartos de baño y al final -o al principio, según se mire-, frente la puerta de la cocina estaba anclado a la pared el teléfono de baquelita negra: 224744, aunque cuando llamábamos desde La Coruña teníamos que marcar antes el 923.

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largo, largo, largo, largo pasillo

Partiendo del teléfono, la primera habitación era la de mis abuelos. Había una cama y dos butacas y una cómoda y un armario y una lámpara de vidrio que colgaba del techo. Había también un perchero y un espejo y un crucifijo y el transistor de mi abuelo.

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la habitación de unos abuelos

A continuación estaba en la que yo dormía junto a mi hermana cuando íbamos allí, generalmente a pasar las navidades. Es curioso: siempre me he preguntado cual sería la última noche que yo dormí en esa cama. Lo que está claro es que nunca fui consciente de que aquella vez sería la última. Siempre hay una última vez que se hacen las cosas y, normalmente, nunca somos conscientes de ello. Y eso, estimados lectores, es algo que me taladra el cerebro.

Sigamos: Estaba iluminada por una lámpara que pendía del techo, tenía dos camas, una mesilla con un cajoncito, un armario empotrado y uno no empotrado sobre el que había, entre otros muñecos, un payaso gigante que, en ocasiones, parecía moverse en la penumbra para mi desasosiego infantil.

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Desde el armario acechaba el maldito payaso que cobraba vida…

Desde esa habitación y desde las dos siguientes se podía salir a la terraza, que estaba recubierta de gresite verdoso con alguna pieza negra. Era un séptimo piso y en La Coruña vivíamos otros siete pisos más arriba, pero por algún motivo, asomarse a aquel balcón daba vértigo. Desde allí se podían contemplar los eventos consuetudinarios que acontecían en la rúa.

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Observando acontecimientos

Seguidamente estaba la habitación en la que dormían mis padres, que también tenía salida a la terraza y, como las demás, tenía unas cortinas hechas de ganchillo que tamizaban la luz de sur que prácticamente todo el día ilumina esa fachada. Había una cama y dos pequeños arcones.

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Que manía le tenía al ganchillo pero que bien tamiza la luz

Más adelante, la sala donde estaba la tele y los cuadros de las tetas. La primera tele que recuerdo estaba enchufada a un transformador de 125 -jaque mate, millennials-. En esta sala además de unos incomodísimos sofás con anchos reposabrazos de madera que primero eran verdes con enormes flores y que después se retapizaron convirtiéndose en piezas anodinas que mantenían su terrible incomodidad. También había un gran armario del que a veces mi abuelo sacaba cosas impensables en tarros con formol. En algún momento ese armario desapareció.

No lo he dicho pero los techos de la casa eran considerablemente altos y una moldura de escayola los recorría por toda la vivienda.

El comedor en el que nunca comimos se comunicaba con esa sala contigua por una doble puerta corredera, lo que me parecía algo tremendamente importante y distinguido. Había una mesa con unas sillas y un mueble lleno de trofeos. Pero lleno quiere decir LLENO. Y es que los hijos de mis abuelos salieron deportistas y ganaban carreras y cosas. La generación siguiente empeoró la situación, pero quien sabe si la venidera volverá a traer los laureles y el oropel a esta familia. De momento, por lo menos parecen más guapos. También había un reloj carillón y un aparador y alguna cosa más.

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El comedor en el que nunca comí

Frente a la sala de la tele -y las tetas, no lo olvidemos-, en el otro lado del pasillo estaba la habitación de mi abuela Isabel, que en realidad era mi bisabuela. A continuación una serie de habitaciones pequeñas y un cuarto de baño. En una de esas pequeñas habitaciones mi abuelo guardaba un coqueto barrilito que olía a coñac. O a güisqui, vaya usted a saber. A mí me gustaba aquel olor.

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toda la casa era un mosaico de roble

Al final, de nuevo, llegábamos a la puerta de la cocina, que era vidriera. Desde la cocina se podía salir a la galería que daba al patio. El patio era bastante amplio y antaño se podía contemplar el continuo subir y bajar del enorme contrapeso oxidado de aquel bonito ascensor que servía a la puerta principal. Con la modernez se cambió el ascensor y se suprimió aquel contrapeso, con lo que el patio perdió una enorme parte de su atractivo e interés. Se podían seguir tirando pinzas de la ropa a ver cuanto tardaban en llegar al suelo cuando no miraba Doña Ramona, la vecina de enfrente, pero no era lo mismo. Además mis abuelos cerraron la galería creando una en el sentido estricto de la palabra, acristalada y cerrada.

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la galería, cerrada

Posiblemente lo que más recuerde de esa casa sea el pasillo. En ese pasillo fue donde el gran Lutton Gant hizo la foto más apabullante que veré en esta vida. Lutton tiene fotos maravillosas, fotos brutales, fotos epatantes… pero lo realmente mágico de este fotógrafo es que, por algún oscuro pacto con el demonio, capta lo que no se ve en una imagen: el espíritu. Retrató a la pizpireta y loca muchacha que lleva compartiendo existencia con quien les escribe desde hace casi dos décadas el día que nos casamos porque en esa casa nos acicalamos antes del sarao. Ese día ya no estaba tampoco mi abuela, que nos había dejado pocos meses antes, pero en esa fotografía están condensadas tantas cosas juntas que, de alguna manera, me gusta pensar que sí estuvo.

© lutton gant

Reconocerán ustedes mi exquisito gusto (foto © lutton gant )

Quizás ustedes se pregunten por qué les cuento todo esto.

Tendrán que esperar a la siguiente entrada para descubrirlo. Créanme, era necesario ponerles en antecedentes.

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Afortunadamente mi abuela nos contó detalladamente cómo hacer aquellos filetes empanados. También le dio a Carolina una clase magistral de cómo manejar a los Ramos el día que le contábamos nuestras intenciones nupciales. Ella era una eminencia en el tema y conocía exactamente todos los mecanismos adecuados.

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Nunca me gustaron las cabalgatas de Reyes, pero recuerdo con mucho cariño las vividas asomado a aquel balcón respirando ese frío salmantino tan característico y luego entrando al cálido interior.

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Como siempre, texto y fotos de quien les escribe, menos la foto buena, que la hizo un fotógrafo bueno. No creo que las mías tengan gran interés así que no les diré que si las usan citen autor y procedencia, aunque si lo hacen, háganlo.

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Ahora mismo la web de Lutton Gant está en processo de renovación, pero si la visitan podrán acceder a su facebook e instagram. Y eso es algo que deberían hacer.

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Realmente me sorprende que usted haya llegado a leer esto. Sólo puede tener mi más sincero agradecimiento por su estoica paciencia.

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Bonus track:

 

 

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