© pedro ivan ramos martin · luz10.com ·

memories iv

(…)

Da otro paso no debes parar,
rompe los cristales si quieres entrar.
Grita al aire aunque no quiera oír
y escribe el principio donde pone fin.

(…)

Platero y Tú. Álbum Muy Deficiente (1992)
pista 2. Rompe los Cristales [fragmento]

De pequeño rompí muchos cristales. Pasen y acomódense, que se lo cuento.

Verán, cuando yo era niño parece ser que tenía ciertas inquietudes que trascendían el ámbito de lo sosegado y de lo tranquilo.

Algo en mi interior me llevaba a realizar actos que en un principio pensaba me ayudarían a entender el mundo pero que luego, y sin comprenderlo yo muy bien, se transformaban sin solución de continuidad, en una serie de decisiones erróneas y de pequeñas catástrofes.

Como los más fieles seguidores de este blog saben, pasé la década de los agitados ochenta en la galaica ciudad de La Coruña. Eran años convulsos y confusos y, por lo que puedo recordar, eran años en los que la calidad de los vidrios era ínfima.

En mis recuerdos yo  me veo jugando como el resto de niños y haciendo cosas no muy diferentes a las que podían hacer el resto de niños. Es cierto que quizás pecaba de impetuoso o de curioso, pero lo que siempre me pareció es que las consecuencias de mis actos eran desproporcionadamente destructivas en comparación con lo que veía a mi alrededor.

Supongo que en alguna otra vida debí ser una persona despreciable y el karma estaba ajustando cuentas. Y lo hacía, entre otras cosas, en forma de cristales rotos.

─ ¿Cristales rotos, Mike?

─ Si, Joe, Cristales rotos.

─ Demonios, Mike, cuéntame más sobre esa disparatada historia.

Recuerdo haber roto muchísimos cristales. Principalmente rompía los cristales del portal del edificio donde vivía.

La puerta de acceso era una carpintería de madera de calidad nula pintada hacia el exterior de color ocre y hacia el interior de color blanco.

Tenía dos hojas. La más cercana al portero automático estaba siempre cerrada y se abría la otra. A continuación había una cristalera que daba a un pequeño jardín en el interior del portal, como si fuera un escaparate. Todo estaba modulado en cuadrados de unos 75×75 cms.

Dentro del portal se repetían las dos hojas del exterior formando un cortavientos pero estaban permanentemente abiertas. Una vez pasado ese filtro, a la izquierda se encontraba el misterioso acceso al cuarto de calderas que lo recuerdo en las contadísimas ocasiones en las que pude acceder, como una sala de doble altura con unas enormes máquinas rojas con grandes depósitos y tuberías. A la sazón, las calderas.

Unas escaleras de mármol salvaban una altura de unos 2 metros a la vez que hacían del todo inaccesible el edificio para personas con movilidad reducida. A la derecha, en la parte alta, una suerte de escultura postmoderna -eran los 80, recuerden- con barras negras a modo de marco dispuestas de manera paralela creando un pequeño espacio y paneles con los colores primarios sobre un fondo negro daba tensión artística tridimensional mientras que enfrente se situaban los buzones de las 56 viviendas.

Al fondo de este portal, un panelado que no era otra cosa que las puertas de los contadores eléctricos. A la derecha, dos ascensores con las puertas rojas. A la izquierda una puerta que separaba el portal de las escaleras que bajaban al garaje (al que no llegaban los ascensores. Aún recuerdo el olor de esa parte de las escaleras) y que subían hasta una última planta, más allá del piso 14, el mío, de instalaciones y acceso a la cubierta donde en un rellano pasamos incontables horas jugando con Tentes, clics  o juegos de mesa de la época.

Pero yo les estaba hablando de los cristales del portal.

Rompí muchos.

Rompí muchísimos.

Tengo la sensación de haberlos roto todos. Alguno, varias veces. Y mi pobre padre los reemplazó con infinita paciencia todos y cada uno de ellos.

No me pregunten ni el cómo ni el porqué. Más de treinta años después tengo la sensación de que la estructura atómica de los vidrios se alteraba y resquebrajaba a mi paso.

Pero a pesar de los años y de los cristales rotos me veo en la obligación de narrarles dos casos concretos.

Uno de ellos es la fractura más espectacular que recuerdo. Mi capolavoro en estas lides. Mi Magnum Opus.

Verán, el edificio situado en el número 36 de la Avenida Salvador de Madariaga de La Coruña (posteriormente se modificó la numeración) era también conocido como el Edificio de la Caja Postal. Esto era debido a que en su bajo, teniendo acceso por la calle pavimentada con hormigón (que acabo de descubrir que se llama, ni más ni menos, que Alexander Von Humboldt) y donde se situaban los columpios, había una sucursal de dicha entidad que por aquel entonces patrocinaba la Vuelta Ciclista a España. ¿Se acuerdan?

Una tarde estaba yo solitario y taciturno sentado en la plataforma (nombre que le dábamos a la parte aterrazada que cubría el garaje y hacía de basamento del imponente edificio) mirando lo que venía a ser el exterior de la sucursal. Sin amigos con los que entretenerme, mi perversa mente siempre ha sido un tanto peligrosa.

Este exterior tenía zonas realizadas con piezas de pavés de vidrio. En mi inocente candidez, supuse que eran piezas de un vidrio ultrarresistente que ni siquiera yo podría romper. Pero eso debía comprobarlo empíricamente: no había nada más interesante que hacer en ese momento en ese lugar.

Así, confiado, le tiré una piedra. No muy grande y no muy fuerte. El vidrio no se alteró.

Aquello me fascinó: un vidrio indestructible. Cualquier otro cristal al que me había enfrentado con anterioridad habría saltado hecho añicos.

Por otro lado me pareció perfectamente lógico ya que lo que había detrás era un banco y en el banco la gente guarda su dinero y qué menos que no se pueda acceder si sólo se cuenta con una triste piedra y la fuerza de un niño de 9 años.

Tan convencido estaba de mi teoría que cogí un canto más grande. Lo lancé. Aquel pavés permaneció impasible. Era maravilloso. ─¿Por qué no se harán todos los cristales como este? desde luego mi vida habría sido mucho más placentera ─ pensaba

Repetí la operación varias veces, aumentando la fuerza de lanzamiento y el tamaño del proyectil. Nada hacía mella en aquel fantástico cristal mágico.

Entonces cogí una piedra especialmente grande. Blanca, de mármol. La lancé con fuerza y, para mi sorpresa, el vidrio estalló.

Por un instante me quedé paralizado sin entender nada: había logrado destruir lo indestructible.

Rápidamente la atronadora alarma del banco me sacó de mis pensamientos a la par que alertaba a todo el vecindario de que la sucursal estaba siendo atacada.

Aún recuerdo la sensación de ahogo y de pensar que ahora sí que la había hecho buena. Miré por última vez el caos y la destrucción que acababa de causar e hice lo único sensato que se me ocurrió: correr hacia el descampado y esconderme.

El descampado hoy lo ocupa un edificio administrativo, pero por aquel entonces era un gran solar yermo en el que había escombros, seguramente alguna jeringuilla -ya les he dicho que eran los Ochenta- maleza, basura, alguna rata y unos pequeños montículos tras los que me agazapé. Oía la ensordecedora alarma del banco y temí no volver a ver salir el Sol en libertad: era un fugitivo.

No sé cuánto tiempo pasé en mi escondite y no recuerdo con claridad cual pensaba que sería mi siguiente movimiento táctico. Pero recuerdo que en un momento dado decidí mirar hacia el edificio y lo que vi me heló la sangre: un grupo de personas mayores entre las que creo recordar que estaba mi sufrido padre a la cabeza -aunque no me hagan mucho caso- avanzaba con paso firme dirigiéndose hacia mi escondrijo.

Era como una suerte de masa enfurecida que marchaba implacable hacia mí con antorchas y cadenas y palos y mucha furia para darme mi merecido. O al menos eso me pareció en aquel momento.

Estaba perdido.

Estaba jodido.

Al final todo resultó ser menos dramático y no sufrí daños físicos. Supongo que mi explicación fue la habitual ─ estaba jugando y, sin querer, se rompió el cristal.

Nunca volví a apedrear sucursal bancaria alguna.

El otro caso que recuerdo fue muy distinto.

Volvía de algún sitio con mis padres y cuando llegamos a casa un cristal del portal estaba roto.

Como una centella, un vecino se dirigió a mis sufridos progenitores diciendo que otra vez había vuelto a hacer lo de siempre y había vuelto a romper un cristal del portal para desesperación de todos los moradores de aquel edificio.

Pero aquel día yo no había estado allí. Aquel día lo había pasado apaciblemente lejos de cualquier cristal roto. Aquel día no había sido yo. Otro había roto un cristal y otro debía ser el que en ese momento estuviese siendo abroncado. Otro tendría que dar explicaciones y otro estaba haciendo de yo en lugar de mí mismo.

De alguna manera, ese día, pensé que quizás no era tan mal bicho.

Aunque a ese otro nunca le pillaron.

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La carpintería de madera del portal fue sustituída por una moderna de aluminio.

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No se muy bien cuándo sucedió, pero en un momento de mi vida, dejé de romper cristales.

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Unas vivencias de su más fiel y seguro servidor ©pedro iván ramos martín. La foto fue realizada con una Olympus OM1 por el Pedro Ramos original y es lo que se veía desde la atalaya del 14-C allá por 1990.

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 Pueden compartir esta entrada o pueden no hacerlo. Mediten su decisión y recuerden lo del efecto mariposa.

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