pequeña muerte © pedro ivan ramos martin luz10 cementerio de villamuriel de cerrato

Pequeña muerte: Cementerio de Villamuriel de Cerrato

No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces del dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña Muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña Muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

La pequeña Muerte (Eduardo Galeano)

Decía el colosal Eduardo Galeano que el nacimiento y la muerte son hermanos, que la muerte ocurre para que el nacimiento sea posible y que hay nacimientos para confirmar que la muerte nunca mata del todo. Lo decía Eduardo Galeano y, como tantas otras veces Eduardo Galeano tenía razón.

Verán, el primer contacto directo que tuve con la muerte fue el fallecimiento de mi bisabuela Isabel cuando ya contaba con mis buenos 21 años. Fue un hecho a partir del cual he pensado bastante en este momento necesario y trágico por el que todos sin excepción pasaremos. Incluso algo les he contado en este mismo lugar.

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Dicen que la vida es un camino empedrado de horas, minutos y segundos.

Como les decía, la muerte es algo necesario, inevitable y trágico. Para despedir a un ser querido sentimos la obligación de procurarle ese lugar donde pueda descansar en paz. Ese lugar donde podamos ir a visitarle, a añorarle y a mantener vivo, de alguna manera, su recuerdo. Un lugar emotivo cargado de connotaciones íntimas donde cada uno nos encontramos con nuestras emociones y donde sabemos que algún día estaremos mientras otros seres humanos nos echan en falta. O, al menos, eso esperamos.

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El final del camino es el mismo para todos.

Por todo esto un cementerio es un proyecto idóneo para que un arquitecto saque lo mejor de sí mismo, de rienda suelta a su buen hacer de la manera más sensible y exquisita que sea capaz para lograr crear un ambiente acogedor tanto para los vivos como para los muertos. Un lugar cargado de simbolismos y con un tremendo carácter introspectivo.

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Nada tiene un componente ritual tan poderoso como la muerte.

Por ello, cuando viajo, siempre me gusta visitar esos cementerios que tocan la fibra sensible de uno: el de Os Prazeres de Lisboa, el de Igualada de Miralles, cementerios budistas o shintoístas en Japón, el de Estocolmo de Asplund y Lewerentz, el judío de Praga, cementerios parisinos, cementerios finlandeses y cementerios berlineses. También cementerios gallegos como el espectacular camposanto de Finisterre de César Portela… y los que me dejaré en el tintero.

Pero hasta hace poco tenía dos visitas -y, naturalmente, dos reportajes fotográficos- pendientes : el cementerio de Chur, de Dieter Kienast del cual hice un trabajo durante los cursos de doctorado y, paradójicamente, el más cercano en todos los aspectos: el Cementerio de Villamuriel de Cerrato, de Gabriel Gallegos.

Ya sólo tengo pendiente el de Kienast… y todo se andará.

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Había una cuenta pendiente con este cementerio.

Villamuriel de Cerrato es un pueblecito palentino pegado a un gigantesco polígono industrial prácticamente monopolizado por la industria automovilística a escasos 40 kilómetros de Valladolid.

En las estribaciones de los Montes Torozos -entienda el aguerrido lector lo que por estos lares se conoce como montes: una ligera disrrupción en la eterna planicie del páramo- la tierra es caliza y tiene ese característico color ocre-blanquecino que se conjuga con el verde de los pinos fruto de la repoblación y alguna encina despistada y con el eterno amarillo de los campos de la meseta que sólo fugazmente es verde en primavera.

En este entorno árido se encuentra una de las piezas de arquitectura funeraria más sobresalientes que se pueden saborear sin tener que viajar hasta Estocolmo.

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No lo creerán, pero esto está en Villamuriel de Cerrato.

Es obligatorio el hacer un acercamiento como mandan los cánones. Desde el pueblo a una cierta distancia y en lo alto de una loma se identifica una cruz de acero sin tratar que es indicador del paso del tiempo y marca el final del camino que recorre la falda de la ligera colina.

Durante el ascenso tenemos a nuestra izquierda un campo arañado por los surcos de la siembra del cereal y el anteriormente mencionado paisaje de la zona. A la derecha se desparrama por la ladera una suerte de favela palentina y, cerca de la cumbre, un depósito de agua que abastece a la población. Nos acercamos a la cruz sin ninguna otra indicación ni atisbo de construcción que pueda indicar que vamos en dirección al cementerio. Un recorrido que merece la pena saborear. Un recorrido en el que pensar mientras nos acercamos al hito oxidado que marca nuestro destino.

Cuando, al rato, llegamos hasta la cruz se abre ante nosotros el paisaje. Desde la altura que hemos tomado la vista se extiende decenas de kilómetros lo que nos hace dominar un vasto territorio. Ante nuestros pies el camino sigue, ahora descendiendo serpenteante, hacia la entrada del cementerio que se presenta por completo en esa primera visión.

¿Y qué decir?

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¿Qué decir cuando sobran las palabras?

La sobriedad de los materiales desnudos que el autor maneja con maestría nos recibe. Vemos las cubiertas de cobre y una enorme losa apoyada en uno de los muros de cierre del recinto y en una pantalla esbeltísima nos indica el acceso.

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Lo que parece lo es: el cementerio.

Y menudo acceso, señora.

Una escala monumental ante la que nos sentimos pequeños, muy pequeños. insignificantes genera un juego manierista que recuerda a la Galleria Spada, una de las más geniales intervenciones del atormentado Borromini. Mediante la inclinación de los planos del suelo y el techo y enfatizado por el entablillado del encofrado se juega con la perspectiva y el espacio se multiplica conduciéndonos, en la penumbra, a la puerta de acceso que se sitúa en un lateral, como no podía ser de otra manera.

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Galleria Spada a la villamurielense.

Un zaguán virtual en el que se nos aplasta cambiándonos brutalmente de escala para ir hacia la oscuridad con el pesado techo de hormigón a una cota de 2,2 metros escasos. Dejamos el mundo de los vivos para entrar en el mundo de los muertos.

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El acceso, en la penumbra.

Pero cuando llegamos a ese punto, de nuevo, aparece la luz. Una luz con un componente hechizante que no somos capaces de comprender hasta que pasamos el umbral dejando atrás la puerta corredera de acero corten y vemos el juego de reflejos que un estanque que recoge las aguas de la cubierta a modo de impluvium crea en el hormigón.

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El umbral.

En torno a este patio abierto en uno de sus lados hacia una pequeña ladera con tumbas se sitúa un banco corrido de madera de sencillez absoluta y que amabiliza el espacio.

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Una luz hechizante

Este patio es un espacio sereno y tranquilo. Sólo el ruido del agua en el estanque rompe el silencio. Un espacio para la meditación pausada. Para no pensar en nada o para pensar en todo. Un espacio que atrapa como si fuera un imán y en el que la mejor compañía es la soledad.

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Para pensar en nada o para pensar en todo. Vaya usted a saber.

Les seré sincero. En este preciso instante no pude por menos que pensar qué cabrón!. Y es que el arquitecto ha jugado con nosotros arrastrándonos a su edificio de una manera soberbia con un continuo juego de elementos que buscan la sorpresa mediante el contraste: del subir con la única visión de la cruz a, una vez alcanzada, tener una visión abierta del territorio y del edificio. De acceder a una escala brutal y pasar a una escala mínima. De ir desde la luz a la oscuridad y volver a una luz matizada. Y todo ello empleando la geometría, el hormigón y unas pinceladas de cobre, acero y madera. Nada más.

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Que pocos elementos bastan para hacer Arquitectura -nótese la A mayúscula-

Si salimos del patio por el lado que queda abierto hacia el cementerio vemos el edificio en su conjunto, una escala comedida tan solo rota por la chimenea del crematorio. Hormigón y metal. No hace falta más.

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Con ustedes, un cementerio -de los buenos-

Al abandonar el mundo de los muertos volvemos a la pieza por la que accedimos, pero ahora la situación es opuesta. Cambiamos de nuevo de esa escala que nos recoge a la que se dispara hacia el paisaje. Pasamos de la sombra a la luz. Del recogimiento a la dispersión. De la muerte a la vida.

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La salida se hace con un techo a escasos centímetros de nuestra coronilla.

Ante nosotros se abre el horizonte. La vida.

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Un horizonte despejado.

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 «Lo mejor que tiene la vida es la capacidad de sorpresa» (Eduardo Galeano)

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Si tienen ocasión, vayan a Villamuriel de Cerrato y visiten su cementerio. Y lean a Galeano… ya tendrán tiempo de agradecérmelo.

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Quizás ha salido una entrada un poco larga así que si ha llegado hasta aquí, se lo agradezco. De la misma forma le agradecería que compartiese esta entrada. Es gratis total.

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Puede ver la galería con más fotos de este edificio en el portfolio de Behance.

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Para no perder la costumbre, texto y fotos de © pedro iván ramos martín en la primavera de 2015. Úsenlas si les es menester, pero citen su procedencia.

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2 thoughts on “Pequeña muerte: Cementerio de Villamuriel de Cerrato

  1. Abrumado me hallo. Llevaba días con el post almacenado en marcadores para leerlo con calma mas adelante hasta que al final hoy me he lanzado.

    En parte esa demora se debe a que «la muerte», y a mi particularmente los cementerios, tiene esa componente dolorosa, de retrasarla al máximo hasta casi el punto de no querer rememorarla y tal vez por ello mis visitas al cementerio de mi pueblo son escasas, me suelo conformar con otro tipo de recuerdos. Pero a la vez de esa sensación de rechazo, o mas bien diría de respeto, tiene un sentimiento que te atrae con su componente de recuerdo, de simbolismo incluso misticismo y de «buena muerte». A mi personalmente la arquitectura me magnifica ese atractivo, cuento entre mis favoritos proyectos de memoriales, tumbas, recuerdos, cementerios, iglesias…., por ello no quería dejar de leer este post.

    Enfocando ya en el post, lo repito y no me quedo corto, me quedé abrumado. Personalmente no se me ha hecho largo pues desde el primer párrafo y la primera imagen engancha, tanto la lectura como la arquitectura contada. Por ello no puedo menos que agradecerte por brindarnos 5-10 minutos de buena arquitectura mejor contada. A modo personal, es de las arquitecturas contadas que me recuerdan porqué decidí embarcarme en esta profesión, te recarga las pilas.

    P.D: No sirva de excusa, sino como una puesta en valor de la buena arquitectura funeraria, añado que tal vez también influya en mi baja frecuencia de visitas al cementerio donde están mis familiares el que responde a la típica tipología de pueblo. Un recinto alejado, con un cuartito trastero, un par de arboles en la entrada y filas y filas de panteones y tumbas donde para ver el lugar donde reposan tus familiares debes caminar de lado si no quieres invadir tumbas ajenas, y ya no digo si les llevas flores. Personalmente el espacio no me ayuda rememorar u homenajear a tus seres queridos, intrínsecamente lo que veo es poco mas que un almacén.

    • Muchas gracias por tus palabras, Rubén.
      Se agradecen los comentarios y más si, como este, animan a seguir escribiendo… unas veces de mis neuras, otras de arquitectura y casi todas de una mezcla un poco extraña de cosas.
      Habrá que seguir en ello 😉

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