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la vida es juego

Javier Maderuelo ha sido uno de los mejores profesores que he tenido. Con su bigote compacto en clara contraposición a su cabeza afeitada, su pajarita, su impecable traje y su voz engolada con un leve deje madrileño. Todos los años, el primer día de la clase de Estética y Composición -que se daba en segundo de arquitectura, plan 75-, preguntaba a algún pobre desdichado: «¿Qué es arte?». Las respuestas eran descacharrantes, naturalmente, lo que llenaba de regocijo a aquel hombre que llevaba un anillo con forma de enorme nota musical.
Poco después nos enseñó que, además de que arte es lo que los críticos dicen que es arte, el arte puede entenderse y explicarse como juego.
Como la vida misma.

Hace ya unos años que les conté las andanzas de ese ser maravilloso que viene a ser mi hijo. Por aquel entonces estaba peleándose con la titánica labor de aprender a hablar, arte que va dominando con maestría, aunque la «ce» se le sigue resistiendo y conjugar algunos verbos no parece fácil.

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la m a g i a

Lo que no ha cambiado desde el momento en el que llegó a este mundo hasta ahora ha sido su ocupación principal: jugar.

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Busquen estar bien acompañados

Jugar es lo que le da sentido a todo. Hay quien piensa que el juego es algo intrascendente cuando es exactamente lo opuesto. Se puede jugar con una piedra, con una hoja de otoño, con una pajarita y, por supuesto, con un palo. Se puede jugar con mil piezas de Lego o con los eternos clicks de playmobil. Se puede jugar con muñecos, con una cocina del Ikea, con una botella y con el canuto del papel de cocina porque eso es un catalejo de toda la vida. Se puede jugar solo o se puede jugar con gente. También se puede jugar con un perro, obviamente. Se puede jugar en el colegio, en el parque, en casa, en un charco o en la furgoneta en medio de la nada. Se puede jugar. Se debe jugar. Se necesita jugar.

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Hay cosas y lugares que no cambian en décadas.

Que uno de los Derechos fundamentales del niño sea, precisamente, el derecho al juego no es casual. Jugar permite ver las cosas desde distintas perspectivas, estimula la creatividad. Ayuda a solucionar problemas y a desmigar el estrés.

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juegos de otoño

El juego es crear. Es despojarse de todo y dar rienda suelta a la imaginación. El jugar es libertad en su máxima expresión. El jugar es bello. El jugar es Dadá.

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el arte como juego

Porque Dadá no significa nada. ¿Hay, acaso, un ready made más superlativo que un palo? ¿Cómo demonios podríamos resetearnos y volver a ese estado primigenio?¿Cómo podríamos volver a ser dadá? Picasso decía que tardó toda una vida en aprender a dibujar como un niño, pero Picasso no era dadá. Picasso era Picasso. Y un poco cabrón, sí, pero qué más da. Picasso desaprendió todo lo necesario para ser un niño, para poder jugar. Seguramente nunca dejó de jugar.

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catalejo pro

Hay quien podría pensar que mi hijo no es Picasso. Pero, ¿y si lo fuera? Su bisabuela siempre tuvo muy claro que ese niño tenía algo especial. ¿Pero qué bisnieto no es especial?. Palmas, palmitas. A sus cinco años es un procastinador contumaz, como su padre. Nuestro pecado y nuestra condena. Probablemente no sea Picasso. Mejor.

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de puente a puente…

Al jugar su inquieta cabeza imagina mundos y roles y personajes y un trillón de aventuras. Crea músicas, inventa epopeyas, desborda creatividad. Al jugar él se convierte en guionista, actor y director de mil películas. Al jugar él es el héroe y el villano, aunque con una innata tendencia al mal, a ser el antihéroe. Al jugar puede viajar sin salir de casa y ha dado a nacer en una familia donde se venera el exquisito arte de perderse en cuanto es posible. Bien por él.

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No existe mayor placer que meterse en charcos

Puedo quedarme hipnotizado viendo cómo juega. Esos momentos mágicos en los que está en su mundo sin darse cuenta de que este otro mundo sigue girando. Ajenos el uno del otro. Jugando. Entonces me ve, se para, me mira y me pregunta «¿qué?». Yo no puedo explicarle que siga, que simplemente estoy fascinado por su manera de entender el mundo y la vida, tratando de aprender de él. O de desaprender. «Nada», respondo.

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El secreto de la vida

Me veo a mí mismo en esa situación con mis barcos de tente y mis clicks de playmobil. Con el portaaviones y el transatlántico y la nave espacial y el fantasma que brillaba en la oscuridad. En mi mundo formado por juegos y tebeos, que le llegarán aunque aún hay que leérselos. Me pregunto si dentro de 30 o de 40 años él sentirá la misma fascinación que yo por todo este asunto, si todo esto que escribo, algún día, sencillamente, se borrará en una caída tonta del servidor, languidecerá en el olvido o si, por el contrario, llegará a leerlo.

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Ante la adversidad, saque la lengua

De momento trato de aprender de él y crear mi propia percepción del mundo. Sigo esforzándome por encontrar la mejor manera de entenderlo. Intento quitarle la importancia que no tiene a casi todo e intento disfrutar al máximo de lo que sí la tiene. Porque de eso va este juego: de disfrutar de nuestro paso por aquí. Gozando como un niño chico.

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¿truco o trato?

Quizá nunca he dejado de jugar. Como decía el sabio, lo único que ha cambiado es el precio de mis juguetes. Quizás todo es una excusa para poder seguir jugando. Esa sensación permanente que me persigue de ser un vulgar farsante que trata de jugar torpemente sus cartas para que nadie descubra que, en realidad, poco ha cambiado desde que me pasaba horas desmontando y montando las piezas del portaaviones. Jugar a construir una familia, jugar a ser arquitecto, jugar a vender sillas. Jugar a hacer fotografías. Jugar a montar en bicicleta. Jugar a viajar. Jugar a vivir. Un engaño permanente y total a todo el mundo mientras veo con envidia e ilusión la capacidad absoluta para el juego de mi hijo. Una capacidad que voy perdiendo, que se va anquilosando a medida que me hago viejo pero que trato de mantener a mi manera.

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la vida es un juego. Y un laberinto.

Y, sí, le envidio a la vez que siento un enorme orgullo al contemplarle en sus bellas epopeyas. Porque él ha visto cosas que ustedes no creerían. Atacar naves en llamas más allá de Orion. Ha visto rayos C brillar en la oscuridad, cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia… a menos que alguien, desde las sombras, a escondidas, se dedique a fotografiarlos. Es hora de vivir.

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El fin último es ser feliz

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El maravilloso monólogo final de Blade Runner no sería lo que es sin la aportación -hay quien dice que fue improvisación- que hizo Rutger Hauer para convertir en inmortal a Roy Batty en el momento de su muerte.
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Como siempre, todas las fotografías y las palabras han salido de quien les escribe, ©pedro iván ramos martín, salvo lo de Blade Runner, claro.
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Permítanse la licencia de tomarse la vida como un juego. Al final siempre gana la dama de la guadaña así que es importante pasarlo bien mientras dura la partida.
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Decía Bruno Munari que el juego es algo serio: los niños de hoy son los adultos de mañana.
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¿Se acuerdan? ha habido momentos en los que el blog volvía a la vida. Como ahora. Les confieso que es porque no estamos viajando, así que no se acostumbren, es sólo un tiempo muerto.
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Hágale caso a Charles Eames, un jugador consumado, pero no de poker, sino de juegos y juguetes: «tómese su placer en serio».
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Me gustaría saber quién es usted, amable lector que ha llegado hasta aquí. Siempre le trato con el debido respeto, de usted, en un oculto homenaje al inicio del libro en el que el pícaro más famoso de Tejares comienza a narrar sus aventuras. Seguramente, en la vida real, le tutease.
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Bonus track:

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