diario de un perro verde (vii)

Hablaba Roy Batt de lo etéreo, de la vida y de momentos que se pierden en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Sé que soy poco original pero siempre me pareció memorable esa analogía, por certera y por lluviosa.
¿Saben? hubo un momento en el que un país entero aplaudía al alimón a las 20:00.

semana 6

Desde el inicio mismo de la crisis sanitaria, social y económica en la que nos hemos visto metidos se venía repitiendo una acción colectiva mediante la cual millones de personas se sincronizaban a una para ejecutar algo tan simple como aplaudir desde sus casas. Era un aplauso de agradecimiento -principalmente- a los sanitarios que estaban bregando contra la explosión del virus en medio del caos sin medidas de protección y enfundados en bolsas de basura en el mejor de los casos o sin poder ponerse una mascarilla «porque da mala imagen y alarma al paciente» en el peor. Millones de personas encerradas en sus casas que tenían la oportunidad de ver a otras personas encerradas en sus casas mientras la calle permanecía desierta y muerta y silenciosa y apocalíptica hasta que estallaba el aplauso.

Ella es así: concienciada y noble.

Por supuesto la raza humana es especialista en destruir todo lo bello que puede llegar a crear y al aplauso se le añadieron todo tipo de complementos: insoportables melodías que pretendían ser un himno a la resistencia de este glorioso pueblo a mayor gloria de dios y España, intensidad de acciones repetidas con insultante frecuencia, tonterías varias de tontos que inevitablemente todo lo contaminan y, naturalmente, se empezaron a politizar las cosas ¡cómo no!

A través de la ventana se abría el mundo

Por supuesto el acto en sí degeneró hasta convertirse en algo anodino y banalizado que se hacía por inercia. Repetitivo y aséptico perdió todo su espíritu. No podía esperarse mucho más en estos tiempos fugaces y vacíos en los que vivimos donde los símbolos no simbolizan nada. Pueden ustedes creerse que hasta el Bella Ciao retumbó en el madrileño Barrio de Salamanca entonado por gentes con pulseras que les ataban a la neoultraderecha cacerola en mano. Tiempos fugaces, enajenados y delirantes. Hoy prácticamente nadie aplaude.

Tiempos nuevos, tiempos salvajes

Afortunadamente en Luz10 nos sentíamos a salvo de todo eso. Si mirábamos por la ventana no veíamos a nadie. Los aplausos se escuchaban vagamente y la música con la que se amenizaba el acto en el núcleo duro de la ciudad ni siquiera se intuía. Era cómodo vivir en un oasis de aislamiento en el que estábamos, en cierta manera, protegidos del resto de seres humanos y sus tribulaciones.

A salvo del mundo

Continuaron los días lluviosos y los cielos grises que ocasionalmente se volvían de un cerúleo casi negro y eran rasgados por un arcoíris con las últimas luces de la tarde.

Si hay lluvia, hay vida.

También continuaron los festines hedonistas gracias a la gastronomía en forma de hornazo, de huevos rotos con la longaniza que racionábamos con mesura exquisita o chuletón de vaca vieja y gorda de dimensiones grotescas regado por buen vino. Y pan, claro, siempre pan. Y nos siguió acompañando la música y la cerveza y las calles vacías y el cole en casa y todas esas cosas que nos estaban acompañando en el encierro.

Alzado

Hacía un tiempo que el despertador sonaba a las 6 de la mañana en una búsqueda frenética de encontrar un poco de calma y sosiego, lo que para un búho supone un esfuerzo colosal. En la televisión seguía saliendo Fernando Simón y todo parecía ser como siempre porque llega un momento en el que se piensa que la vida nunca había sido de otra manera.

Pronto, por la mañana es cuando se encuentra la paz.

Es entonces cuando después de un sábado llega el día 26 de abril, el último de esta sexta semana de confinamiento. Podría ser un domingo más pero era un domingo distinto. Era el domingo en el que el niño, como todos los otros niños, podría volver a pisar la calle y mirar más allá de 15 metros tras largas semanas encerrado en casa ya que desde un primer momento se consideró a los niños pequeñas bombas de relojería que esparcirían el virus a la menor ocasión.

El domingo amanecería diferente

Se ha hablado mucho de los niños y de su inmenso sufrimiento por el encierro absoluto al que fueron sometidos. Yo creo que los niños se adaptan sin mayor problema a muchos escenarios que a los adultos nos parecen atroces porque, precisamente, en la capacidad de adaptación reside la base de la supervivencia. Por supuesto creo que estar 3 meses en casa no va a crear ni monstruos, ni psicópatas, ni zombis como muchos presagiaban. Al final todo es más sencillo. Tan sencillo como puede llegar a ser y si no se puede jugar en el parque el problema empieza y termina en ese punto exacto. Sin mucho más que añadir.

oteando a lontananza

El día 26 de abril hacía ese típico frescor primaveral por lo que salimos a la calle con una cazadora ligera. Cogimos el casco, la bicicleta y paseamos en el entorno de 1 kilómetro desde casa que permitía la normativa, justo hasta la pasarela de las Contiendas. Vimos a otros niños y vimos a otras niñas y niños y niñas se veían unos a otros, en la distancia, entendiendo lo que pasaba mucho mejor que personas que les llevaban décadas de ventaja.

Siempre en el límite

Al final los niños no son otra cosa que pequeñas máquinas diseñadas para sobrevivir en un mundo hostil aunque en los últimos tiempos muchos se empeñen en meterlos en una burbuja de protección almibarada e idiota.
En medio de su primera pandemia, acompañados por uno de sus progenitores, miraban recelosos a sus iguales desde sus bicicletas y patinetes.
No era para menos. Lo mejor sería mirar hacia adelante, agarrar fuerte el manillar y coger impulso para dejar que la inercia nos alejase de todo pensando que dentro de poco haría falta una bicicleta con pedales, porque la vida sigue.
Imparable.

Mañana volverá a ser otro día

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Continuará.
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La sexta semana del estado de alarma abarcó desde el 20 al 26 de abril de 2020.
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A estas alturas de la película buena parte de la clase política había dado buena muestra de sus enormes limitaciones cognitivas.
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bonus track:

2 thoughts on “diario de un perro verde (vii)

  1. Me encantan la sencillez y la fluidez con que cuentas las cosas.
    Y estoy de acuerdo en que, con toda probabilidad, los niños son los que menos han sufrido el confinamiento, a pesar de que los mayores nos hayamos obstinado en asegurar que lo estaban pasando fatal.

    ¡Ah!… Por cierto… Preciosas fotos.

    • Muchas gracias por tu comentario, Silvia.
      Los niños son mucho más duros y, sobre todo, mucho más adaptables a distintas situaciones que nosotros. Si les dejamos son una fuente inagotable de enseñanzas sobre la vida y cómo hay que tomarse muchas cosas.

      Seguiremos contando la pandemia, y afotándola 😉

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