Diario de un perro verde (i)

Las risas, poco a poco, se fueron transformando en incertidumbre a medida que se extendía de manera implacable. Nos creíamos mejores y a salvo en nuestras confortables vidas. Unas vidas que ahora sabemos frágiles y delicadas como un diente de león que hace frente a una breve brisa primaveral.

Ha llegado. Está aquí y todo lo que creíamos seguro ya no lo es. Probablemente no lo volverá a ser.

inicio

Durante los últimos veintidós años quien les escribe ha tratado de celebrar el magno acontecimiento que se forjó un primaveral trece de Marzo de mil novecientos noventa y ocho en los sótanos de la antigua Escuela Politécnica de Valladolid, junto a la máquina de las cocacolas cerca del mediodía y con no pocos efluvios etílicos flotando en el ambiente. Ese día, en ese momento exacto y preciso, comenzó la historia de dos almas que desde entonces caminan juntas.

22 años. Suma y sigue

Por supuesto es justo y necesario recordar cosas así y uno de los mejores lugares en el mundo para homenajear ese tipo de eventos son la ignotas y descarnadas tierras de Ledesma, Villa en la que está la que fue la casa de mis abuelos y que sigue oliendo a ellos en el mágico momento de abrir la puerta.

Salud!

Hacía tiempo que se hablaba de una nueva gripe aparecida cuando, presuntamente, alguien de ojos rasgados tuvo a bien comerse un pangolín poco hecho y con la que los chinos se habían vuelto locos, encerrándo en casa a millones de personas. Pero era China, ¿quién en su sano juicio puede creerse algo de lo que digan que sucede en ese lugar?. Posteriormente empezó a llamarse Coronavirus al aparecer los primeros casos fuera del gigante asiático. Cuando llegó a Italia, a Lombardía, era el Covid-19.

Una lata. Metáfora vital.

Como venía siendo habitual, incluso en este extraño 2020, después de febrero continuó Marzo y debimos empezar a temer lo que estaba sucediendo en nuestro amadísimo país transalpino sospechando que eso era lo que podía esperarnos en breve.

Al principio nos lo tomamos con calma. Total, era una gripe, o eso nos decían. Pero poco a poco íbamos aumentando nuestro recelo de estar con más gente. Aprendimos a lavarnos las manos de verdad y nos costaba cada vez más esfuerzo el ir a sitios con más personas.

Esa segunda semana de Marzo llevábamos un par de días en los que nos habíamos autoimpuesto el teletrabajo y el no contacto humano -con otros humanos, se entiende- . Fue entonces cuando se suspendieron las clases.

Todo lo que creíamos seguro se fue por el desagüe

A pesar de todo y siguiendo las recomendaciones de no viajar fuera de la Comunidad Autónoma, fuimos a Ledesma. Por supuesto celebramos el 13 de Marzo como deben celebrarse este tipo de cosas: con ingentes cantidades de cerveza y buenas viandas portuguesas. Aislados del mundo.

Al día siguiente, como estaba previsto, compraríamos pan y raquetas y rosquillas y empanadas en el Zurdo, siendo ese nuestro único contacto con otra persona, para continuar el festín.

Y así fue.

Ese día empezamos la primera longaniza del año, ligeramente pasada por la sartén de hierro. Exquisita, claro. En ese momento todo era extraño ya.

Se oía venir, enfurecida, la plaga. Pero estábamos preparados.

El mal se había extendido. Sabíamos lo que pasaría porque en Italia lo estábamos viendo en directo. Era un momento de extrañeza total.

Durante ese sábado 14 de Marzo los rumores que se fueron sucediendo a lo largo de la mañana en la radio y en twitter se confirmarían en una aparición televisada del presidente del gobierno que declaraba el Estado de Alarma por el que nos harían confinar en casa durante las dos siguientes semanas prohibiendo viajar, cerrando bares y comercios y, básicamente, cualquier actividad que no fuera absolutamente necesaria. Algo así ya lo habíamos visto en películas americanas de serie B con la pequeña diferencia de que ahora parecía ser real y no se atisbaba ningún héroe tremendamente inteligente y musculado o un sagaz científico capaz de detener la pandemia.

El camino que se planteaba era angosto.

Salí a correr por última vez entre las dehesas, las encinas y el horizonte infinito con el anhelo de capturar un poco de la inmensidad que me iba a faltar en estos tiempos futuros y convulsos. Fotografié por última vez las estribaciones de la presa de Almendra. Tarareé brevemente la canción de Siniestro Total Mata al malo y pilla a la chica y pusimos rumbo de nuevo al hogar antes de lo previsto. A encerrarnos en la pequeña e inexpugnable fortaleza que da título a este blog: nuestra casa.

Lo más importante es estar bien acompañado

En principio, les voy a ser sincero, eso no me supone demasiado problema. Personalmente no necesito el contacto con otras personas, salvo muy honrosas excepciones. No necesito ir a ningún lado para estar arropado y a gusto. Sé cocinar y sé beber lo suficientemente bien como para poder prescindir de casi todo lo demás sin renunciar a casi nada durante largos periodos de tiempo. Tengo muchísimas cosas pendientes de hacer y, además, por cosas del destino, acababa de llegar a casa una preciosa Olympus Pen F que iba a acompañarme en este encierro para retratarlo en 35 mm -equivalentes- y en blanco y negro, claro.

Desde luego todo era una putada. Pero una putada fascinante que retrataría a f1.8.

Música, diafragma a 1.8 y acción.

El domingo 15, ya en Valladolid, el día amaneció ligeramente cetrino y confuso. Pensé en los cincuenta y cinco metros cuadrados escasos de la casa y me reconfortó tener un generoso patio. Acaricié el pelo de la mujer que está lo suficientemente loca como para compartir su vida con la mia. Ajeno a todo el niño rompió la calma con su infinita energía, su mente inquieta y su extrañamente fascinante manera de entender el mundo.

Al levantar la persiana del salón miré pensativo la furgoneta y me pregunté cuándo podríamos volver a viajar. No hallé respuesta. Poco después el olor a café llenaba la casa.

A mediodía ejecuté una carbonara como debe hacerse una carbonara: Guanciale, pecorino, yema de huevo, pasta Garofalo, un poco de sal, un poco de agua de cocción, una pizca de pimienta y nada más. Escogí los cubiertos de Stelton y las servilletas que robamos en L’Archetto.

La ventaja de haber viajado es tener un espíritu enriquecido

Bebimos el lambrusco necesario. Un buen lambrusco en unas copas rojas de Vista Alegre que unen a pesar de la distancia. Al acabar la primera botella nos planteamos si descorchar la segunda o cambiar. Cayeron unas Birra Moretti.

Hice un caffe como debe hacerse un caffe, en la Bialetti Moka express con el grano recién molido. Carmen Consoli nos acompañaba con alguna incursión de Vasco Rossi.

Caffe. Senza nient’altro

Fue pasando la tarde lenta y amablemente. Aprendimos que esa gripe china, ese coronavirus, el Covid19 también se llamaba SARS CoV-2. Recordé vagamente qué era el SARS y busqué en Google. Todo aquello empezaba a ser preocupante de verdad pero al menos estaba con quien tenía que estar.

Al día siguiente sería lunes. Empezó a rondarme la cabeza el hacer una especie de diario sobre todo esto.

Algún día habrá que contarle todo esto que está viviendo

Ahora usted lo está leyendo.

*************

continuará.

*************

En la última visita a la cantera de la presa de Almendra, poco antes de iniciar el camino al confinamiento, perdí mi reloj. No es que fuera un reloj al que tuviera excesivo aprecio, un Casio G-Shock, pero me molestó bastante saber dónde lo había perdido y no poder recuperarlo aunque quisiera. En fin, la vida.

*************

Una apocalíptica serie de entradas con texto y fotografías originales y confinadas de ©pedro iván ramos martín, su más fiel y seguro servidor.

*************

Ya saben, hay que estar recluidos y sin moverse. El autor es lo que lleva haciendo largas semanas. Puede compartir esta entrada. Recuerde que si usa las fotos ha de citar autor y procedencia.

*************

bonus track:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.