pedro ivan ramos y su torrot

Memories (i)

Prepárense: les voy a contar un hecho relevante en mi vida.

¿Saben? me acuerdo con absoluta nitidez del día en el que aprendí a montar en bici.

La bicicleta era una Torrot BMX blanca, más bien de un blanco roto, con los accesorios en color negro. De tamaño minúsculo. Las pegatinas eran con las letras de la marca en amarillo sobre fondo negro y unas líneas en tonos rojizos marcaban sus extremos. Reforzando la pipa de la dirección había una doble pletina con dos agujeros por lo que pensaba, creo que con razón, que era una bicicleta indestructible. Tenía dos reflectantes enormes, uno blanco delante y uno rojo detrás, bajo el sillín. Para regular el manillar tenía una pieza de plástico en forma de estrella con un fascinante dibujo geométrico en una pegatina redonda y que para moverlo, suponía, era necesaria la fuerza de un millón de hombres.

Era un soleado y veraniego día por la mañana en la Calle Salvador de Madariaga de La Coruña. Corrían los años 80 con todo lo que eso implica. Había bajado con mi padre a la calle, con la bicicleta, pero esta vez sin ruedines. En las islas que marcaban el eje del bulevar y que tenían la curiosa forma del corazón de una manzana cuando te has comido lo bueno crecían plantas de manera un tanto salvaje y olía a hierba y a flores de campo. A veces dejaban allí algún coche abandonado y era todo un acontecimiento, pero no recuerdo que hubiera ninguno aquel día.

Mi padre me puso mirando en dirección a la caseta azul por el lado izquierdo del bulevar. Me indicó que diese pedales, que él me sujetaría y así lo hice. Y así lo hizo. Hasta que se detuvo y cuando había avanzado unos metros más me dijo ESTÁS YENDO TÚ SOLO. En ese momento me hice consciente de que avanzaba sobre dos ruedas y, sorprendentemente, no me caía. Fue una sensación de absoluta libertad. Quizás la mayor que he tenido nunca. Ya no dependía de los estúpidos, ruidosos y poco estéticos ruedines y me había ahorrado la humillante situación de ir con uno solo de esos apéndices (nunca he entendido esa fase: sólo te puedes caer hacia un lado, así que lo natural es escorarse de manera ridícula al otro). Pedaleé con una TREMENDA sensación de felicidad. Dejé a mi izquiera el bar Coral y poco después, a la altura del Trotamundos, decidí que debería volver al punto de partida.

Eso planteaba un problema para el que no estaba preparado: frenar con solo dos ruedas apoyadas en el asfalto. Aposté el todo por el todo y sin pensarlo dos veces apreté las manetas de freno. La bici se paró, sí,  pero una vez detenida su estabilidad no era como para tirar cohetes sin la inestimable ayuda de los ruedines. De hecho carecía por completo de la más mínima estabilidad.

No pude hacer nada para evitar que me inclinase vertiginosamente hacia mi derecha, agarrado muy fuerte al manillar, eso sí, y preparándome para impactar contra el áspero asfalto que tan bien conocían mis infantiles rodillas.

Afortunadamente, mi inminente caída se detuvo cuando el manillar tocó el piloto trasero de un Renault 5 que estaba aparcado. Desafortunadamente el piloto se rompió.

Debía ser sábado o domingo porque las terrazas de los bares estaban llenas de personas con sus tapas de zorza y sus tazas de ribeiro. Gallegos de pura cepa poniéndose morados alrededor de unos enormes barriles que hacían las veces de mesas y siendo arrullados por un muy agradable sol coruñés. La temperatura era magnífica.

Sin duda solo algunos vieron mi infeliz incidente aunque yo imaginé miles de ojos clavándose coléricos en mi pequeña figura. Les oí cuchichear. Les imaginé viniendo a por mí sin posibilidad de escapatoria… Una voz emergió de entre las demás: — Neno, vete cagando ostias de aquí!

Me pareció un sabio consejo así que le dí media vuelta a mi bicicleta de dos ruedas y comencé a pedalear como alma que lleva el diablo.

Volví junto a mi padre.

—¿Qué tal?

—Bien, mentí.

Tras este primer viaje en bicicleta de no más de 250 metros nunca más tuve problemas para montar sobre dos ruedas, pero la culpa de haberle roto el piloto a aquel R5 y callarme como una puta es algo que me ha acompañado durante toda mi vida.

He pensado que hoy había llegado el momento de liberarme de esta losa y contárselo al mundo. Y que ustedes deberían saberlo.

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Después de ese día han sido miles las veces que he salido en bicicleta. Decenas de miles de kilómetros recorridos y millones de pedaladas… ningunas fueron como las que les he narrado.

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Lo han adivinado, la foto que ilustra la entrada de hoy no es obra de su fiel y seguro servidor habitual. Eso sí, es del Pedro Ramos original y el de la Torrot soy yo antes de el día de autos.

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Como ven en este blog hablo de lo que me da la gana. Porque yo lo valgo.

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Ustedes verán si comparten o no comparten esto…

 

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